Un Lugar es el nombre del muy recomendable libro de fotos de Raúl García Pereira (”El Avión”) que acaba de aparecer, tras años de chamba y búsqueda de los medios para lanzarlo, a través de Borrador Editores. Este libro de imágenes en blanco y negro es un testimonio único sobre el rock peruano pero no es, como lo dice el autor mismo, un libro que busque retratar a toda la escena peruana de rock, ni un libro específicamente sobre bandas. Más bien, “es un libro sobre bandas que me gustan tocando en sitios que me gustan”.
Y quizás eso sea lo que lo hace especialmente interesante y valioso, porque desde su humor particular (un poco obsesionado por los WC atorados, por cierto) lo enfoca en una química explosiva que sucede sólo en ciertos conciertos de rock pero no depende únicamente de las bandas. Un Lugar no sólo muestra a muchas de las más importantes bandas peruanas “independientes” sobre el escenario, reposando antes de un concierto, o exhaustos después, sino que presta igual de atención al público (a sus broncas, pogos, besos, trances), a los locales, a sus (frecuentemente asquerosos) servicios higiénicos. En una ciudad donde falta mayor aprecio a la magia de la música en vivo, de bandas en complicidad con la audiencia, hay que agradecer que aparezca un libro que justamente recalque ese vínculo tan especial.
De hecho, una especie de comunión entre todos estos elementos es necesaria para dar a luz a la mayoría de los momentos (entre 1997 y 2010) que son retratados en estas páginas.Y no son momentos sólo del Centro de Lima ni de Barranco, sino también de bandas peruanas en Cusco, y hasta en Chile y Argentina. Desfilan por Un Lugar bandas emblemáticas de la escena rockera subterránea (en el sentido amplio, no el sentido excluyente ochentero) desde pioneros ochenteros como Leusemia, Narcosis y Voz Propia hasta revelaciones de años recientes como Mortero y Cocaína, pasando por bandas con integrantes cercanos a la generación del mismo autor como Aeropajitas, Manganzoides, PTK y Psicosis, ente otras. No son todas las bandas, ni son las únicas buenas, pero son una muestra saludable de lo que se hace en el lado no comercial, y un poco sesgada hacia el punk.
Advertencia para los incautos: Este no es un libro de bandas posando para el lente, cuidadosamente arregladas, ni de bandas tocando correctamente en lugares bonitos y “fashion” pero donde la gente se queda sentada esperando a que el mozo les traiga el whisky etiqueta negra. No. En eso, el criterio del Avión me pareció muy familiar y acertado como músico: hay lugares con buen sonido, gente linda y cobertura mediática pero que tienen cero “onda”, cero facilidad para crear las condiciones para esos rituales paganos inolvidables que se dan entre bulla, sudor, humo y cerveza.
Es más bien en lugares poco glamorosos y mal equipados, con esas bandas y públicos dispuestos a entrar en trance con la música, que nacen las escenas de rock que valieron la pena y se recuerdan en el mundo, desde los Beatles en la Caverna hasta Ramones en el CBGB o los Stooges en algún antro de Detroit, entre tantos más. Buenos equipos de música y buenos baños son preferibles, pero no indispensables. Buenas bandas y buen público, sí lo son.
Felizmente, este documento no es sobre un pasado lejano y perdido. Esta escena sigue viva, aunque a veces respira con dificultades, y cada fin de semana la puedes encontrar si te aventuras un poco. Gracias al libro del Avión, quizás más personas con sana curiosidad se aventuren a los antros donde se hace rock de verdad antes que “tributos” insípidos o desfiles de moda con instrumentos en mano…
Acá una entrevista que le hicieron al Avión desde La Mula y habla de muchas de estas fotos:


